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sábado, 6 de abril de 2013

Voyage á la Rose



Nos pusimos en camino disfrutando de todo lo que encontrábamos a nuestro paso. Si hacía sol, buscábamos inconscientemente la sombra y el agua. Si por el contrario llovía, disfrutábamos del azar de su caída. Observábamos cientos de veces como las gotas de agua se estrellaban contra la tierra intentando escuchar sus imperceptibles sonidos. Íbamos tomando contacto con el medio que nos rodeaba.
Decidimos abandonar nuestro egoísmo moral y avanzar por un sueño sin meta final. Fortalecimos nuestro pacto demostrando que no estaba escrito bajo una la ley burócrata, si no que se basaba en un guión escrito con amor. Al amor hacia todo lo que nos rodeaba, al amor hacia las huellas que dejábamos y a la vez perdíamos a nuestro paso. Al amor de la soledad de la noche y a la luz que se interponía entre nosotros, a la vida.
Sobre nuestros cuerpos el tiempo no tenía cabida, no existía pasado ni futuro solo presente o pretérito imperfecto, indiscutiblemente amamos y amábamos eramos aliados formando parte de un todo, dejando nuestra piel a expensas de la nada.
Sombras... sombras... sombras danzando a nuestro alrededor al compás de un requiem, obscureciendo nuestra claridad, incapaces de detenerse por unos segundos sobre su analogía física, pereciendo en el silencio.
En el silencio comprendido entre palabras, en el silencio del sol y de sus rayos, en el silencio de las montañas y de sus árboles, en el silencio de las nubes, nuestro propio silencio.
Despertábamos y nuestro sueño reflejaba en el espejo de la realidad nuestro viaje.
Vivido durante el día e imaginado durante la noche.

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